Una sartén, una sartén con olor a caucho quemado. Cae en su interior un ingrediente grasoso que se desliza con suavidad por todo el sárten y, que a su vez, desprende de sí mismo pequeñas burbujas amarillas que poco a poco se van desvaneciendo. Con ayuda de unos brazos blancos y largos, se quiebra un cascarón. Cae un huevo, luego otro encima. Al incio un poco transparentes a excepción de la yema color naranja; después, toma su clara un color blanco y se ha formado sus bordes imperfectos, pero aún blandos. El teléfono emite el sonido de una mujer de habla francesa. ¡Qué importuna es!
No era ni un profesor, ni un rector, sino un estudiante. No era ni hace un año, ni hace varios años, sino hace muchos años. No era ni la escuela, ni el colegio, sino en una universidad. No era ni México, ni Canadá, sino Estados Unidos. No fue apuñalado, ni fue quemado, sino fusilado. No era ni cuatro, ni tres años, sino cinco años más tarde. No era ni dolor, ni pena, sino arrepentimiento. No era ni una escultura, ni una pintura, sino una estatua. No era ni la entrada de atrás, ni la entrada lateral, sino la principal de la universidad. No era ni a veces, ni de vez en cuando, sino cada vez que aparecían estudiantes que luchaba por los derechos de los negros, no eran ni despacio, ni fluido, sino rápido pasados por las armas para que, no las viejas generaciones, ni las recientes generaciones, sino las futuras generaciones pudieran desempeñarse como escultores.