La radio sonando en mis oídos, fuerte pero no lo suficiente como para empezar a sufrir de sordera. Es Radio Uno, la de uno. ¡Ay! Tu cantar, tu lírica canción, es nostalgica también. Un vallenato de los viejos, pensé y me empezaba a mover al ritmo de la canción con mucha serenidad. Es una mañana fria, algo no común en esta ciudad ¡qué lindo es poder disfrutarla!
En frente de mi mesa, a unos tres metros de distancia, se encuentra un hombre. Un hombre de piel blanca y fresca como las hojas de un cuaderno nuevo y que al ser pasadas de forma ligera -como quien barajea cartas de poker-, estas sueltan una suave brisa sobre el rostro. Está comiendo cereal de zucaritas con yogurth de melocontón en un recipiente cristalino, de forma pausada porque a su vez leé el periódico. Sus brazos sostienen a cada lado su cabeza agachada y solo baja su brazo derecho cuando necesita coger la cuchara. Viste buso blanco -que le sienta muy bien-, un reloj de cuero café claro que adorna su pálida muñeca izquierda. Su lengua es un órgano juguetón, que pasa repetidas veces por la labios bañándolos en saliva saborizada a melocontón.
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